Sábado, 18 de abril
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VMOS: la autopista energética que une Vaca Muerta con el mundo

Conectará la cuenca neuquina con Río Negro.

Bajo la meseta árida del sur argentino, donde el viento parece llevarse todo, se esconde un tesoro tan real como disputado: Vaca Muerta. En esas rocas de la provincia de Neuquén duerme uno de los mayores reservorios de hidrocarburos del planeta, un gigante fósil que en los últimos años se volvió palabra clave en el diccionario energético global.

El dato es contundente: es el segundo mayor yacimiento de gas no convencional después de China y el cuarto de petróleo a nivel mundial, apenas detrás de Rusia, Estados Unidos y el propio gigante asiático. Dicho de otro modo, en una superficie equivalente a la provincia de Tucumán, la Argentina concentra la posibilidad de cambiar su historia económica. Pero como suele ocurrir en este país, la pregunta no es tanto lo que se tiene, sino cómo se lo hace llegar a destino.

Una autopista bajo tierra

La respuesta, o al menos el intento más ambicioso hasta ahora, se llama Vaca Muerta Oleoducto Sur (VMOS). Se trata del proyecto de infraestructura privada más importante de las últimas décadas: un ducto de acero de 76 centímetros de diámetro —el tamaño de un aro de básquet— que recorrerá 437 kilómetros bajo tierra. La distancia es casi la misma que separa Buenos Aires de Mar del Plata, pero aquí la ruta no lleva turistas a la playa sino petróleo al océano.

El trazado conectará los centros de producción en Añelo, Neuquén, con Punta Colorada, en la costa rionegrina, donde se construye un puerto de aguas profundas. Desde allí, buques de gran porte cargarán el crudo de forma directa en alta mar gracias a un tendido submarino de 15 kilómetros y dos monoboyas que permitirán operar sin escalas intermedias. Cada embarcación podrá llevar más de dos millones de barriles en un solo viaje.

“Es una autopista energética que, de concretar sus objetivos, redefinirá la posición de nuestro país en el mapa mundial de productores de petróleo”, aseguran en YPF, la empresa que lidera el consorcio junto a Vista, Pan American Energy, Chevron, Shell, Pluspetrol, Tecpetrol y Pampa Energía.

Los números del megaproyecto

El VMOS tiene una inversión estimada de 3.000 millones de dólares. Un 70% de esos fondos proviene de préstamos internacionales, mientras que el 30% restante se completa con aportes directos de las compañías involucradas. Este año se cerró un financiamiento clave: 2.000 millones de dólares otorgados por un grupo de bancos de primera línea —Citi, Deutsche Bank, Itaú, JP Morgan y Santander—, además de otros 14 inversores institucionales.

La obra avanza con tiempos precisos: en 2026 se espera la primera fase, que permitirá transportar 180 mil barriles diarios. Un año más tarde la capacidad se triplicará hasta los 550 mil barriles, con la opción de llegar a 700 mil. Para tomar dimensión: eso equivale a casi la mitad de la producción total actual de crudo en toda la Argentina.

Exportaciones que rivalizan con la soja

Los números económicos son tan ambiciosos como el trazado del ducto. Según cálculos de YPF, el oleoducto podría generar ingresos por exportaciones de 15 mil millones de dólares anuales en su etapa inicial, con potencial de trepar a 20 mil millones. Se trata de cifras similares a las que produce la soja, el “yuyo” que desde hace años reina como principal complejo exportador del país.

Ese flujo de divisas tendría un impacto directo en la economía nacional, especialmente en un contexto donde la Argentina busca desesperadamente fuentes de dólares para estabilizar su balanza de pagos.

La Patagonia que se abre al mundo

Pero el proyecto no solo se mide en millones. También en lo que promete a futuro: un país menos atado a cuellos de botella logísticos, con mayor capacidad de planificar inversiones y con la chance de jugar en las grandes ligas del mercado energético global.

El oleoducto es, en definitiva, un puente entre dos mundos: el de la geología que guarda secretos de millones de años y el de un presente urgido por energía y dólares frescos.

En Punta Colorada, allí donde el Atlántico rompe con fuerza contra la costa rionegrina, ya se imagina el movimiento febril de barcos cargando petróleo. Y en Añelo, capital no oficial de Vaca Muerta, se vive con la expectativa de que ese acero enterrado bajo tierra abra, al fin, la puerta grande de la Patagonia al planeta.

Lo que resta por ver es si la Argentina, con su historial de oportunidades perdidas, logra esta vez subirse al tren —o mejor dicho, al oleoducto— de la historia.

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