Lunes, 20 de abril
Viedma/Patagones

El caso de un niño esclavizado que conmovió a Patagones y dejo al victimario absuelto

El suceso trascendió al público a través del periódico La Nueva Era, en una publicación del 24 de diciembre de 1927

Hace más de 90 años, entre fines de 1927 y comienzos de 1928, produjo fuerte conmoción en Carmen de Patagones la denuncia policial y posterior investigación sobre el caso de un menor que habría sido tratado como esclavo en un establecimiento de campo, llegando al extremo de tenerlo atado con una cadena a un árbol a la intemperie durante varias semanas.

Fue conocido como “el caso Urquiola”, por el apellido del supuesto autor de los maltratos
contra el chico de 14 años, huérfano de padre y madre, de quien era su ‘guardador’ por
resolución del Patronato de la Infancia de Bahía Blanca.

El suceso trascendió al público a través del periódico La Nueva Era, en una publicación del 24
de diciembre de 1927 con el sugestivo título de “Ante un hecho insólito todo Patagones se
conmueve”, y un copete que señalaba: “Un menor huérfano, de 14 años, se presenta a la
policía acusando a su guardador por malos tratos”.

La nota arrancaba con fuertes consideraciones críticas en torno al episodio, adelantando la
calificación de los presuntos responsables del hecho criminal. El editor del semanario
Patagonés expresaba que “de vez en cuando la sociedad ve interrumpida su tranquilidad
habitual por la presencia de fenómenos morales que por fortuna no se manifiestan sino en
casos aislados y excepcionales”.

Tras otras consideraciones el articulista entraba en la descripción de los hechos, a partir del
momento en que la supuesta víctima, identificada como Roberto Rodríguez, llegara a la
comisaría de Patagones acompañada por el vecino Andrés Vidart.

Según la crónica el mencionado joven había llegado primero al campo de Vidart, ,
manifestando que estaba huyendo de los malos tratos a los que era sometido en el
establecimiento de Manuel Urquiola, su guardador, ubicado a unas 12 leguas de distancia que
acababa de recorrer a pie.

“A su llegada a la comisaría el menor Rodríguez presentaba un estado lastimoso. Su estado
físico evidenciaba encontrarse en un grado avanzado de inanición; sujeta al cuello y asegurada
por un candado y alambre retorcido del que se usa para atar fardos de pasto, llevaba una larga
y gruesa cadena de un peso estimado de 20 kilos y como única ropa que cubría su cuerpecito,
ostentaba una sucia camisa hecha girones, un rotoso pantalón y unas alpargatas
completamente deshechas” se explicaba, con detalles.

El cuadro descriptivo se completaba de esta forma. “Sobre la cara sumida, donde los hundidos
ojos han perdido ya toda vivacidad, y en cuyo curtido cutis la acción de la intemperie ha
dejado huellas inconfundibles, una abundante y larga melena se desparrama en el más
descuidado desorden. Ante las personas que lo rodean el menor se muestra huraño y como
temeroso guarda un silencio hosco y desconfiado. Se alarma al menor ruido y recién al
comprender que se le desea bien y antes las frases afectivas del comisario se resuelve a hablar
para narrar toda su triste odisea”.

Los párrafos siguientes de la nota de La Nueva Era estaban dedicados a ese relato, tomado a
partir del “hábil interrogatorio” (sic) del comisario a cargo de la instrucción, Héctor Haedo.

De esta forma los lectores se enteraban .de que el muchacho estaba bajo la “guarda” de
Urquiola desde cinco años antes (es decir desde sus nueve años de edad) y que en ese lapso
habría sufrido permanentes malos tratos tanto por parte del hombre, como de su esposa
Esperanza Márquez. Tomando la voz de la propia víctima, aunque en un tono discursivo poco
creíble, el cronista afirmaba cosas como estas. “Se me decía que yo era malo. Me privaron de
los alimentos indispensables y con frecuencia pasaba días enteros sin que me dieran un solo
bocado de pan”.

Se decía también que el día 26 de agosto (de ese año 1927) el menor había escapado para
buscar refugio en el campo de don Bonifacio Gazzo, que le brindó amable cobijo durante
algunos días hasta que Urquiola se hiciera presente y, haciendo valer su condición de
guardador, lo obligara a volver a su destino anterior.

En este punto la historia adquiría su mayor dramatismo, siempre a estar de los dichos del
joven Rodríguez en la versión de La Nueva Era, porque una vez de regreso en su campo
Urquiola le habría dicho “ahora no te escaparás otra vez”, mientras lo sujetaba con una cadena
y un candado, atados a un chañar ubicado a unos cien metros de la casa, totalmente al aire
libre.

Desde ese momento, que el menor pudo precisar como el día 28 de agosto, su calvario fue
mayúsculo, soportando fríos y lluvias apenas guarecido en una estrecha cueva que con sus
propias manos pudo cavar al pie del árbol, y pésimamente alimentado con una sola ración
diaria de sobras de puchero. Según su propio relato recién casi cuatro meses después el chico
juntó fuerzas para desgarrar las ramas del chañar y soltar la cadena de su atadura, lo que le
permitió huir a campo traviesa, en la oscuridad de la noche y con la pesada rastra de eslabones
todavía sujetada en su cuerpo.

De esta manera el menor Roberto Rodríguez pudo llegar a lo de Vidart, quien lo alimentó y
después de un breve descanso lo acompaño a la dependencia policial de Patagones, para
presentar la denuncia.

El extenso artículo de La Nueva Era añadía que una comisión policial se había trasladado hasta
el lugar de los presuntos malos tratos, comprobando la existencia del chañar y en sus
alrededores la presencia de restos de arpilleras. Detallaba también la detención de Manuel
Urquiola, poniéndolo a disposición del juez del Crimen Angel Torrent, con despacho en Bahía
Blanca.

Con respecto al estado físico del joven indicaba que, según datos proporcionados
extraoficialmente por el médico policial Atilio J. Otero, en su cuerpo presentaba “signos
evidentes de los malos tratos recibidos y de los crudos castigos que se le infligían”, precisando
que “su cuello está llagado a causa del roce de la cadena y en la espalda tiene una larga herida
en período de cicatrización”.

Todo esto ocurría en diciembre de 1927 y naturalmente no había en Carmen de Patagones y
Viedma ninguna otra forma de transmisión instantánea de las noticias que no fuera el boca a
boca. Pero el sistema funcionaba muy bien y, según consta en la crónica de La Nueva Era que
tomamos como referencia, en la tarde del mismo día en que el joven Rodríguez llegara a la
comisaría para denunciar su penosa odisea un grupo numeroso de vecinos se reunió en las
puertas de la sede policial, interesándose por conocer detalles.

Puntualizaba el periodista que “pero así como es curioso el público demostró también su
altruismo, haciendo pequeñas donaciones en efectivo al menor, que al día jueves había
logrado recolectar alrededor de 500 pesos”.

Más hacia el final la nota informaba que el menor Rodríguez se había higienizado y cortado el
pelo y se lo había provisto de vestimenta nueva–“un sencillo trajecito, una camisa color rosado
y alpargatas blancas”- como para que su aparición en público no fuese lastimosa.

De todas formas, probablemente antes de ser adecentado en su aspecto, el chico fue llevado
al campo de Urquiola, acompañado por el comisario Haedo y algunos de sus subordinados y un
fotógrafo de la zona, con el propósito de tomar varias imágenes que lo mostraban rotoso,
desaliñado y con la gruesa cadena de su cautiverio entre las manos. Estas fotos aparecieron en
medios de comunicación de Bahía Blanca (no se las registran en La Nueva Era) y también
circularon de mano en mano, entre la población patagonesa, ávida de detalles morbosos sobre
la historia.

Como ya se dijo el “caso Urquiola” se instaló en la gente a fines de diciembre de 1927 y fue
obligado motivo de comentarios en ámbitos públicos y privados. Fue el semanario La Nueva
Era, a través de su editor responsable el único medio que presentara los hechos con graves
acusaciones contra el guardador del chico, aunque sin más fundamento que los dichos del
menor y del vecino Vidart que lo acogió en su campo y después lo trasladó hasta Carmen de
Patagones.

El anónimo redactor (se puede presumir que era Mateucci) decía que “no puede admitirse
bajo ningún sentido que una criatura sea tratada en la forma que describe el menor
Rodríguez”, y adelantándose a la interpretación psicológica de la cuestión agregaba: “si sus
instintos eran malos, si tenía en su ‘yo’ una incorregible perversidad, Urquiola debió haber
tomado las disposiciones necesarias para entregarlo, pero nunca imponerle los severos
correctivos a que hacemos mención y que llegan a los límites de la tortura”.

Pasaron algunas semanas de ese tórrido verano y el 28 de enero de 1928 el periódico vuelve a
ocuparse del asunto. Informa que el juez de feria, Ángel Torrent, ha dispuesto la prisión
preventiva de Urquiola, que la carátula del expediente es “detención ilegal y lesiones leves”,
que como defensor del acusado fue designado el joven abogado Roberto Isnardi, “que goza de
sólidos prestigios en el foro de Bahía Blanca”; y que el mencionado letrado deja de lado la
hipótesis de alegar que su defendido tiene las facultades mentales alteradas, como recurso
para librarlo de una eventual condena.

En este ‘suelto’ periodístico La Nueva Era ya no dispara con munición gruesa contra el
presunto responsable de eventuales tormentos contra el menor Rodríguez. Esta suavización en
el trato de la noticia y de su principal protagonista irá en aumento, con el correr de los días, y
llegará a su punto máximo el 24 de marzo de ese mismo año de 1928 cuando el título de un
recuadro sostiene “Final de un sonado proceso, sobreseimiento del señor Urquiola”.

El sábado posterior, 31 de marzo, La Nueva Era le dedica una página entera a una solicitada
–pedida por el propio Urquiola- donde él mismo aparece haciendo algunas consideraciones
(seguramente escritas en su nombre por el defensor Pascual Blasco Estelrich, que había
tomado finalmente el caso); y después se transcribe en forma completa el fallo del juez
Domingo Grecco, presidente de la Cámara de Apelaciones de Bahía Blanca, con el
sobreseimiento absoluto del inculpado.

Esta resolución absolutoria tenía fecha del 7 de febrero de 1928, es decir que en apenas cinco
semanas –feria judicial incluida- la justicia había echado luz sobre el caso, descartando la
gravedad de las injurias que presuntamente se habían cometido contra el joven Roberto
Rodríguez.

La noticia del sobreseimiento e inmediata libertad del imputado Urquiola cayó como tremendo
baldazo de agua fría sobre la comunidad de Patagones y Viedma sensibilizada por el caso. Pero
el mismo semanario que había primereado con la denuncia trataba de desligarse de la
gravedad de las acusaciones finalmente rebatidas por la justicia.

Una nota publicada -como siempre sin firma- en La Nueva Era en los primeros días de abril de
1928 sostiene que “El resultado de este asunto viene a demostrar que no ha revestido en
ningún momento la magnificencia que la fantasía popular bordó a su alrededor, desde los
primeros momentos. Nosotros censuramos el hecho en si, pero nunca nos solidarizamos en
forma completa con la opinión de la mayoría que, fácil al impresionismo, creyó ver un gran
delito y un mayor delincuente, en lo que no era más que un castigo –severamente exagerado, tal vez- contra un menor de conducta incorregible. Los hechos han venido a demostrar
ampliamente esta afirmación”.

Veamos. ¿La “magnificencia” bordada por la “fantasía popular” no había sido quizás
estimulada, en la primera nota de LNE sobre el suceso, con aquellos párrafos dedicados al
análisis de la conducta del presunto responsable de los malos tratos donde se mencionaba
“tipos morbosos que presentan los síntomas degenerativos de la especie”? ¿Acaso el
periodista se olvidaba de la calificación de “crueles torturas” asignada a los daños sufridos por
el menor Roberto Rodríguez, en aquella misma publicación? ¿Tampoco recordaba que, en
aquella crónica del mes de diciembre de 1927, tejía la hipótesis de “la absoluta ignorancia” y la
“total incapacidad mental que no ha permitido al autor (Urquiola) distinguir los límites de la
corrección a que tenía derecho con el delito mismo ” (en referencia a las supuestas
inconductas del chico que tenía bajo su guarda), pero concluía que ningún atenuante “no
alcanza ni puede alcanzar para eximirlo de un castigo que puede servir de ejemplo vigorizante
para que no se repitan estos dolorosos hechos”?

No, sin dudas que La Nueva Era, más bien su editor responsable, había asumido rápidamente
una actitud meridianamente opuesta a la de su primera publicación. Ya de nada servían los
dichos de la propia víctima (supuesta víctima, por efecto de la exageración popular, a esa
altura de los acontecimientos) que, surgidos de “hábil interrogatorio” del comisario Haedo,
dieran contenido a un macabro relato de malos tratos y tortura.

En definitiva: Urquiola ya no era culpable de nada y todo lo que había dicho sobre los
vejámenes contra el chico eran puramente resultado de la imaginación exagerada de la gente.

Una semana después, como para dejar absolutamente zanjado el episodio y hechas las paces
con el ganadero antes denunciado por actos salvajes y desquiciados, LNE le otorgó una página
entera al caso, en forma de solicitada, con el amplio título de “Se hace luz sobre un sonado
proceso”, donde el propio acusado brindaba sus explicaciones y se reproducía el lamentable
fallo judicial.

El texto firmado por Urquiola (tal vez redactado por su hábil abogado defensor, Pascual Blasco
Esterlich) contiene párrafos como el siguiente.

“Tuve la desgraciada ocurrencia de condolerme de un menor que saqué del asilo. Quise
elevarlo de nivel igualándolo a nosotros (a él y su familia); pero sus perversidades ingénitas
pudieron más que mis sanos sentimientos y el chico bueno que yo me imaginaba formar
resultó de la más inconcebible maldad”.

Bien suelto de cuerpo seguía diciendo. “Yo no conozco leyes, ni tengo más conocimiento que el de mi trabajo, y las primeras fugas del menor me parecieron de grave responsabilidad. Así fue que mientras hacía trámites para devolverlo al asilo (menciona que se los había encargado a su representante comercial en Bahía Blanca), resolví atarlo en forma segura, pero no en la forma cruel que se me atribuyó”.

El dictamen judicial fundamenta el sobreseimiento ya aludido, sobre la base del extenso
escrito interpuesto por el defensor Blasco Esterlich. El letrado arrancaba calificando la denuncia de los malos tratos y vejámenes sufridos por Rodríguez como una “una versión (que)
propalada con la vertiginosidad del rayo fue debidamente aumentada y corregida por la
fantasía popular”. Añadía que durante la realización del sumario “la policía, fácil también al
impresionismo, sugestionada tal vez por la misma fantasía que tenía sugestionado al pueblo,
perdió la serenidad que debiera guiar todos sus actos para que cumpliera con imparcialidad y
eficiencia sus funciones”.

En este punto el defensor de Urquiola planteaba su objeción formal al procedimiento de
inspección ocular en el sitio de los hechos investigados, donde se tomó la foto que ilustra esta
nota que muestra al comisario Haedo junto a la presunta víctima, al lado del chañar donde el
chico habría estado encadenado. Del mismo modo Blasco Esterlich censuraba la
estigmatización “con el sello de la cárcel, de un vecino dedicado por completo al trabajo, que
honra y ennoblece.”

El alegato del defensor tiene un nudo importante en el párrafo donde se admite que Urquiola
le pegó al menor Rodríguez, justificándolo como el castigo apropiado por un presunto abuso
sexual contra una niña de corta edad, hija del ganadero.

“El castigo infligido por Urquiola a Rodríguez es la natura reacción de un padre que ve a su hija
casi víctima de un atentado al honor por un chico que muestra sus instintos de bestia en sus
tiernos 14 años” puntualiza primero, y agrega que la conducta del menor es propia de
“degenerados de la naturaleza, hijos del pecado o de nadie, (que) llevan en su sangre bastarda
el pecado mismo que los echó al mundo y pretenden contaminar con su precoz lujuria la
inocencia de cuantos lo rodean”.

En ese mismo sentido el abogado ponía en duda el dictamen de un médico que, tras examinar
al chico, había opinado que “es de sanos sentimientos, de buenas costumbres y de instintos
educados”; porque para trazar ese tipo de diagnóstico no alcanza “con las demostraciones de
candor durante una visita médica”.

De resultas de todas estas argumentaciones el “buen vecino” Urquiola no había hecho más
que “cumplir con su deber de padre y jefe de familia”, al imponerle castigos “sólo leves” al
“degenerado Roberto Rodriguez”.

El menor era, según el análisis del abogado defensor (de hecho compartido por la Justicia) un
exponente claro de ejemplares humanos que “ausentes de conciencia, de mentalidad, de
raciocinio, no conocen el agradecimiento que deben a quienes los sacaron del asilo, de la nada.
Su psiquis es enfermiza, abúlica. Para ellos no hay más fin que satisfacer sus criminales
apetitos de sensualidad, y a ese objeto no se detienen a pensar en el crimen que pudieran
cometer”.

La grosera diatriba de Blasco Esterlich contra el menor se completaba diciendo que
“afortunadamente a Rodríguez faltóle oportunidad porque llegó a ser descubierto antes de
cometer el delito y de a ahí su castigo”.

Solamente le restaba agregar que Urquiola debía ser condecorado como adalid de la justicia
(por mano propia y dudoso criterio) y que la comunidad de Patagones tenía la obligación de
rendirle homenaje imponiendo su nombre a un paseo público destinado a la infancia.

Por supuesto que para entonces el ganadero ya había recuperado su libertad, sin perjuicio de
su buen nombre y honor. En tanto el joven Rodríguez volvería al asilo del Patronato de
Menores de Bahía Blanca, de donde salió al cumplir los 18 años.

Don José Fulgencio Goyenola, recordado vecino de Patagones, le dijo a este cronista –durante
una charla en el año 2010- que “el chico entró a trabajar en un bar de Bahía Blanca como mozo
y una vez le contó su historia a una persona de acá, y le mostró la cicatriz en el cuello que le
había dejado la cadena”.

Como ya se ha dicho el caso quedó en la memoria de la gente. Don Francisco ‘Coro’ Ferría,
querido ex ferroviario que falleció cerca de los 100 años, lo recordaba también y se refería al
hecho con un versito popular –“Segurola, segurola, como lo de Urquiola” en irónica referencia al vuelco imprevisible que había dado la investigación inicial.

¿Hubo una pésima actuación sumarial de la policía, que condujo a la construcción de un relato
alejado de la realidad?; ¿Tal vez la esclavitud del chico fue verdadera, pero hubo presiones
sobre la justicia bahiense para dar por ciertas las argumentaciones de la defensa?
Estas preguntas no pueden responderse casi cien años después.

En el campo argentino, en aquellos tiempos, un peoncito huérfano sacado del asilo para ser
“protegido” por su patrón siempre era culpable –sin juicio ni análisis de su caso-porque su
mayor culpa era la de ser pobre y no tener familia. Las cadenas que ataban a Roberto
Rodríguez a un chañar eran las que imponía una sociedad conservadora, injusta y excluyente,
en la que los que ricos siempre tenían razón. Aquella era “la Argentina poderosa, que teníamos
hace un siglo”, la que algún falso profeta con atributos presidenciales pone siempre como
ejemplo ideal para el futuro.

El caso Urquiola – Reconstrucción del hecho.

Esta nota fue publicada en octubre del 2024 en el portal de App Noticias, lamentablemente hoy  desaparecido. Por Carlos Espinosa - Publicado por El Delitometro


 

Noticia Anterior

¿Qué estamos comiendo? El dilema del asado tras el levantamiento de la barrera sanitaria

Noticia Siguiente

La USBA presenta sus carreras de Comunicación en una nueva charla informativa

Comentarios

  • Se el primero en comentar este artículo.

Deja tu comentario

(Su email no será publicado)

🔔 ¡Activa las Notificaciones!

Mantente informado con las últimas novedades.