Aniversario de Viedma y Patagones: cómo serán los actos este 22 de abril
Hay pueblos que crecen en el mapa y otros que crecen en el alma. San Javier pertenece a los dos. Ubicado a 30 kilómetros de Viedma, este rincón productivo y humilde del Valle Inferior se prepara para dar un paso histórico: dejar de ser una comisión de fomento para transformarse en comuna. Pero el verdadero cambio no está en la denominación administrativa, sino en el latido cotidiano de su gente. Y ahí está Gladys Almuna, su comisionada, su vecina, su fuerza brava, su voz.
Gladys no declama, vive. Habla con una sinceridad que corta el aire, con esa entereza que solo da el dolor verdadero y el amor profundo por la tierra que se pisa. "Yo a San Javier le debo la vida", dice, sin metáforas. En su despacho no se reparte burocracia: se gestiona esperanza.
La historia de San Javier es antigua —una de las poblaciones más longevas de la Patagonia—, pero la apertura de su primera farmacia recién se concretará hoy lunes tras haber sido inaugurada el fin de semana. "Puede parecer algo menor desde la ciudad", reflexiona Gladys, "pero para nosotros es inmenso". Antes, los adultos mayores debían levantarse de madrugada para tomar el único colectivo hacia Viedma, comprar medicamentos, esperar hasta el mediodía para volver. Hoy, por fin, podrán cruzar la plaza y comprarlos en su propio pueblo.
La farmacia será atendida por un matrimonio joven, ambos farmacéuticos. Apostaron a San Javier y San Javier les devolvió el gesto: se les cedió un espacio en el edificio público que iba a convertirse en museo. "Un museo puede esperar, la salud no", explica Gladys, práctica y sensible a la vez. El Estado no solo habilitó el lugar: también acompañó el proceso burocrático, papel por papel, reglamento por reglamento.
San Javier vive de lo que siembra. Principalmente cebolla, pero también nueces, avellanas y sueños. La producción agrícola marca el ritmo de la vida: se madruga, se trabaja duro, se espera. "La gente se levanta a las 4 de la mañana con heladas para descolar cebolla. Con frío te congelás, con calor te insolás. Y aun así, siguen", cuenta Gladys con una mezcla de orgullo y deuda emocional.
Por eso, cada logro —una farmacia, una red eléctrica, un loteo nuevo— no es un trámite. Es una reparación. "Nosotros tenemos que estar a la altura de nuestra gente", dice con firmeza. "Porque mientras ellos madrugan para mover el pueblo, nosotros tenemos que mover el Estado".
No todo es fácil. Este año, la campaña de cebolla fue mala. Muchos productores no pudieron siquiera cubrir el costo del agua de riego. Pero nadie baja los brazos. “Ahora vamos por la estación de servicio”, lanza, sin rodeos. “Y después, por el acceso asfaltado desde la ruta. Una cosa trae la otra”.
La memoria de los que se quedan
Gladys sabe de pérdidas. Su único hijo murió. No esquiva ese dolor, lo abraza y lo transforma. "Superar eso me dio una fuerza que no sabía que tenía", confiesa. "San Javier me ayuda a vivir". Cada logro, cada plaza embanderada, cada festejo patrio es también un acto de resurrección íntima. "Yo ya no tengo un hijo. Pero tengo muchos. Son los de acá. Son los que necesitan que alguien los escuche cuando se caen".
Porque en San Javier no solo se siembra cebolla. También se siembran vínculos. Por eso, cuando un vecino con problemas de adicciones se acerca, Gladys y su equipo no esquivan el bulto. Trabajan con instituciones, los van a buscar, los siguen. “Muchos de los que estaban bajo un nylon hoy tienen una cama, un plato y un proyecto. Ese es el verdadero progreso”, dice.
Pero no todo es lucha. También hay espacio para el sabor y la fiesta. El tradicional concurso de tortas fritas reúne a decenas de parejas en la plaza, con jurados de buen diente y corazón local. Gladys no compite, aunque sabe hacerlas. “Ya es mucho”, dice entre risas. También ha representado al pueblo en concursos de chancho a la estaca, junto al querido Luciano Barrientos, un sabio del campo. Perdieron en La Pampa, pero no importa: la revancha está en camino.
Y si algo no falta en San Javier es argentinidad. Los actos escolares son celebraciones vivas. Las fechas patrias se preparan con tiempo, con banderas, con niños emocionados. “Queremos que los chicos sientan que ser argentino es hermoso”, dice Gladys. Muchos de esos niños son hijos de bolivianos, peruanos, paraguayos. La Patria nuestra, y la Patria Grande, también se construye desde esa mezcla.
En pocos días, San Javier será oficialmente una comuna. Un nuevo punto en el mapa institucional, sí. Pero más importante: un reconocimiento a todo lo que ya es. A su plaza cuidada, a su balneario que no conoce temporadas bajas, a su gente que llega con valijas a cuestas buscando un lugar, a su corazón que no cierra sus puertas.
Gladys, que empezó a trabajar en el campo a los 9 años, que terminó el secundario a los 41 en el plan Fines, que se autodefine como "licenciada en cocinar y tratar de hacer las cosas bien", es hoy el rostro visible de ese San Javier que no quiere dejar a nadie atrás. “Somos servidores del pueblo. Si no nos arremangamos, ¿quién lo va a hacer?”
San Javier no es un nombre en una lista. Es una comunidad viva, vibrante, trabajadora. Es el sonido de una olla temprana, el crujir del rocío en la cebolla, el eco de una bandera flameando en la plaza. Es, sobre todo, una certeza: mientras haya personas como los vecinos y vecinas de San Javier que cada día honran al trabajo y a los suyos, habrá futuro.

Almuna junto al gobernador, Alberto Weretilneck.






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