El dÃa que Juan Pablo II y Francisco estuvieron juntos en Viedma
Por Eduardo Varela.
Hoy, sábado de abril, el mundo despedirá al Papa Francisco en una ceremonia exequial que promete ser uno de los momentos más conmovedores de la historia reciente de la Iglesia. En medio de este adiós global, en un rincón de la Patagonia argentina, Viedma guarda en silencio una pequeña joya de la memoria: aquel 7 de abril de 1987, cuando dos futuros santos de la historia católica caminaron su tierra.
Ese martes, Juan Pablo II descendÃa del Fokker F-28 presidencial, bajo un cielo diáfano y ante la emoción de 25.000 almas que se apiñaban para verlo. A su lado, como anfitrión polÃtico, estaba el presidente Raúl AlfonsÃn, que soñaba con trasladar la capital del paÃs a esta región como parte de su ambicioso "Proyecto Patagonia". Como anfitrión espiritual, monseñor Esteban Hesayne, el obispo de Viedma, de profundas convicciones democráticas y de compromiso con los derechos humanos.
Pero entre la multitud de obispos, sacerdotes y laicos que acompañaban aquella visita histórica, se encontraba también un joven y austero sacerdote jesuita. Un nombre que en aquel tiempo pasaba desapercibido: Jorge Mario Bergoglio.
SÃ. La misma figura que, muchos años después, en 2013, serÃa elegida Papa bajo el nombre de Francisco. El mismo que llevó la voz de los pobres y de la periferia al corazón mismo del Vaticano. Aquel dÃa de 1987, Francisco aún era sólo un servidor callado, un rostro anónimo en un océano de fe. Nadie podÃa imaginarlo entonces.
Juan Pablo II y Francisco, juntos en Viedma. La simple enunciación de esa coincidencia estremece hoy. Como si un designio mayor hubiera querido regalar a esta tierra patagónica una pequeña semilla de eternidad. Uno, el Papa polaco que enfrentó regÃmenes totalitarios con su sola voz moral. Otro, el Papa argentino que predicó la misericordia como camino, el diálogo como puente, la humildad como revolución.
La visita de Juan Pablo II fue corta, apenas un par de horas, pero dejó en el aire una esperanza. No sólo en el sueño polÃtico del traslado de la Capital Federal, sino en algo más profundo: en la certeza de que lo trascendente también puede rozar las ciudades pequeñas, los pueblos que no suelen figurar en los mapas del poder.
Hoy, en el dÃa de la despedida de Francisco, esa vieja postal de 1987 adquiere un brillo nuevo. No es sólo la foto del Papa polaco bendiciendo a Viedma. Es también la imagen de un joven Bergoglio respirando la misma brisa del este y el sur del paÃs, compartiendo la misma oración, dejando que la semilla de su futuro pontificado, quizás sin saberlo, echara raÃces entre el viento y la tierra de la Patagonia.
Quizás hoy, cuando las campanas doblen en Roma y el mundo diga adiós, aquà en Viedma muchos recuerden que alguna vez —hace casi cuatro décadas— dos papas caminaron entre ellos. Y que en esos breves pasos, la historia dejó escrito su pequeño, maravilloso milagro.










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