Miércoles, 15 de abril
Cultura V/P

El día que Ceferino y Gardel cantaron juntos

Por Eduardo Varela - Redacción ESTESUR

En el corazón del barrio de Almagro, donde las calles todavía guardan ecos de pasos jóvenes, se erige el Colegio Pío IX, un edificio cargado de historia y tradición. Entre sus paredes, a finales del siglo XIX, coincidieron dos figuras de orígenes tan dispares como memorables: Ceferino Namuncurá y Carlos Gardel.
Ceferino, nacido el 16 de agosto de 1886 en las tolderías de Chimpay, Río Negro, era hijo del cacique mapuche Manuel Namuncurá y de Rosario Burgos, una cautiva chilena. Desde su infancia, arrastró una salud frágil marcada por la tuberculosis, pero en su corazón latía una firme resolución: “hacer bien a mi raza”. En 1897, su padre lo llevó a Buenos Aires y lo inscribió en el Pío IX, una institución salesiana donde Ceferino encontró un espacio para crecer espiritualmente y desplegar su vocación al servicio de los suyos.
Apenas cuatro años después, en 1901, un joven de origen completamente distinto cruzó el umbral del mismo colegio. Carlos Gardel, nacido en Toulouse, Francia, en 1890, había llegado con su madre, Berthe Gardés, al puerto de Buenos Aires en 1893. Madre e hijo, humildes pero llenos de sueños, se instalaron en el barrio del Abasto. En el Pío IX, el futuro Zorzal Criollo se formó como artesano y linotipista, pero también encontró un lugar para nutrir su amor por la música.
En ese colegio, ambos compartieron un modelo de educación centrado en la figura de Domingo Savio, un niño italiano que simbolizaba virtudes como la piedad, la generosidad y la alegría. Este ideal de vida marcó profundamente a Ceferino y a Gardel, quienes convivieron en el pabellón dormitorio María Auxiliadora, cantaron en el coro dirigido por el padre José Spadavecchia y participaron en las actividades escolares con el fervor de la juventud.
El año 1902 los vio protagonizar un momento único: el concurso anual de canto del colegio. En el salón de actos, lleno de risas y aplausos, ambos se enfrentaron en la final. El jurado, atento al timbre, la modulación y la interpretación, otorgó a Ceferino y a Gardel el máximo reconocimiento: el diploma “Digno de alabanza en canto”. Ese día, dos futuros símbolos argentinos compartieron el mismo escenario.
Sin embargo, sus caminos se bifurcaron. Ceferino, desgastado por la enfermedad, falleció en 1905, a los 18 años, dejando un legado de fe y esperanza que lo llevó a ser beatificado por la Iglesia Católica. Gardel, en cambio, tomó el sendero de la música popular, convirtiéndose en el máximo exponente del tango antes de morir trágicamente en un accidente aéreo en 1935, a los 46 años.
Hoy, la memoria de Ceferino Namuncurá y Carlos Gardel sigue viva, cada uno en su esfera: el primero como un modelo de espiritualidad y compromiso social; el segundo como la voz inmortal del tango. Ambos, sin saberlo, compartieron un capítulo en el Pío IX, un rincón de Almagro que supo albergar el cruce de dos destinos tan distintos como esenciales en la historia argentina.
 

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