Miércoles, 15 de abril
Regionales

Bahía Creek: donde el tiempo se detiene y la naturaleza te abraza

Especial para ESTESUR - Por Leandro García Moore

Llegar a Bahía Creek es como entrar en otro mundo. Después de dejar atrás la comodidad del asfalto y recorrer kilómetros de ripio que parecen no terminar nunca, el paisaje comienza a transformarse.
Los acantilados patagónicos se alzan imponentes, como gigantes vigilantes, y pronto ceden su protagonismo a una playa inmensa, rodeada por médanos que danzan con el viento. Este rincón escondido en el Golfo San Matías, en la provincia de Río Negro, es mucho más que un destino; es un refugio para el alma.
Bahía Creek es todo lo que esperaba y más. Este pequeño balneario con apenas tres cuadras y nueve habitantes, no necesita más para deslumbrar. La serenidad que se respira es casi palpable, una desconexión total del mundo moderno. Aquí, la señal de celular no llega, pero hay un punto de WiFi para emergencias. Lo demás, lo que importa, está en el entorno: el vaivén de las olas, el susurro del viento entre los médanos y el eco lejano de una ballena en el horizonte, si es julio u octubre.
Recorriendo el lugar, me maravillé con la geografía única. Los acantilados, que alcanzan los 30 metros de altura en algunos puntos, pierden fuerza al encontrarse con las playas amplias y las aguas más cálidas que las de la costa atlántica bonaerense. Fue imposible no pensar en lo privilegiado que soy al estar allí, rodeado por este paisaje que parece salido de un sueño.
La vida en Bahía Creek es sencilla, pero suficiente para los que buscan escapar del bullicio. El camping, un hostel acogedor y una pequeña proveeduría ofrecen lo básico. Pero, como bien me habían advertido el “Chavo” Varela (quien me animó a venir a Río Negro a escribir esta crónica) y Marcelo Zapata (una especie de Google humano) antes de emprender el viaje, hay que venir preparado: no hay agua potable ni estaciones de servicio cercanas. Es un lugar que invita a la autosuficiencia y a valorar lo esencial.
Mi estancia incluyó paseos por las playas infinitas y, para mi fortuna, avisté toninas overas saltando con gracia cerca de la costa. Aunque no me animé a practicar vela ni remo —el viento patagónico impone respeto—, sé que Bahía Creek es ideal para los amantes de las actividades acuáticas. Solo hay que tener cuidado con las mareas, que aquí pueden sorprender incluso a los más precavidos.
El viaje hacia este paraíso también merece una mención. Desde Viedma, el Camino de la Costa ofrece vistas impresionantes que compensan cualquier incomodidad del ripio. Esa sensación de aventura, de estar alejándome de todo para encontrar algo único, es algo que no olvidaré fácilmente.
Bahía Creek aún guarda ese aire remoto, casi secreto, pero poco a poco más personas empiezan a descubrirlo. Y no es para menos. Es un lugar donde el tiempo se detiene, donde la naturaleza te recuerda su grandeza y donde uno puede reencontrarse consigo mismo. Mientras me alejaba, con los médanos desvaneciéndose en el espejo retrovisor, supe que algún día volveré. Bahía Creek no es un lugar para visitar solo una vez. Es un lugar para llevar siempre en el corazón.

              

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