En Bahía Creek, una resistencia verde esperanza avanza sobre los médanos
Por Eduardo Varela.
A 95 kilómetros de Viedma, donde la Ruta Provincial 1 se funde con el horizonte y el viento escribe su propio idioma, un pequeño grupo de vecinos decidió enfrentar un viejo enemigo con una idea nueva. En Bahía Creek, ese paraje costero tan hermoso como indomable, un puñado de hombres y mujeres plantan caña de azúcar en plena arena. Sí, caña de azúcar en el desierto de médanos. Su propia muralla verde para detener el avance que durante años intentó tragarse casas, patios y sueños.
El viento allí no negocia. La arena tampoco. Se sabe: en Bahía Creek varias viviendas han quedado semienterradas, víctimas de esa marea dorada que no tiene calendario ni aviso previo. Pero algo cambió. Y no fue el clima: fue la gente.
Organizados casi como una cooperativa sin papeles, los vecinos —los que viven todo el año y los que llegan cada tanto pero sienten el lugar como propio— decidieron dejar de esperar soluciones mágicas. Primero resolvieron la comunicación: sumaron antenas Starlink y de pronto la costa quedó conectada al mundo. Esa mejora disparó otra idea: comprar cámaras de seguridad entre todos, proteger lo que tanto les cuesta sostener en un territorio que no perdona descuidos.
Y luego, el plan más audaz: plantar vida para frenar la arena.
No fue improvisado. Buscaron asesoramiento del INTA, escucharon recomendaciones, estudiaron especies y condiciones. La respuesta apareció donde nadie la esperaba: una variedad de caña de azúcar capaz de aferrarse a casi cualquier suelo. Incluso a un médano.
Hace más de dos meses, pala en mano, comenzaron a clavar brotes en la arena caliente. Los riegan todos los días, como quien riega una esperanza recién nacida. Pero la naturaleza, caprichosa y salvaje, les puso otra prueba: los animales silvestres descubrían el cultivo y se daban un festín.
Entonces surgió otro ingenio colectivo. Montaron un pequeño panel solar y electrificaron el perímetro para evitar que las plantas fueran devoradas antes de crecer. Una defensa para otra defensa.
Hoy, entre el viento que no afloja y el rumor del mar que acompaña todo, la caña empieza a asomar sus primeras hojas. No es una postal caribeña ni un experimento turístico: es una comunidad intentando sobrevivir con creatividad, trabajo y una dosis admirable de terquedad patagónica.

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