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Lo que debía ser un homenaje solemne y académico terminó convirtiéndose en el detonante de un escándalo institucional. Días atrás, la reconocida antropóloga y teórica feminista Rita Segato fue distinguida con el doctorado honoris causa por la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN), en una ceremonia realizada en el Centro Municipal de Cultura de Viedma. Pero la jornada que buscaba celebrar su trayectoria terminó sacudiendo los cimientos de la universidad.

Durante su exposición, Segato advirtió —desde el escenario— que un hombre en primera fila interrumpía su concentración con gestos y bostezos reiterados. Ese hombre era Luis Vivas, secretario general de la UNRN. La académica, visiblemente incómoda, le pidió que cesara su actitud. Lo que parecía un momento menor, captado en video, se viralizó rápidamente y desató una tormenta.

El video recorrió grupos y redes de la comunidad universitaria. En cuestión de horas, docentes, alumnas y trabajadoras comenzaron a denunciar públicamente al funcionario por acoso, maltrato y hostigamiento, episodios que —según afirmaron— se arrastraban desde hacía tiempo. Lo que hasta entonces se decía en voz baja tomó cuerpo de reclamo colectivo.

Frente a la magnitud del malestar y tras recibir las denuncias, el rector Anselmo Torres, quien había compartido escenario con Segato durante el acto, le pidió la renuncia a Vivas, que se hizo efectiva este lunes. La medida buscó contener una crisis que amenazaba con escalar, especialmente luego de que trascendiera que Segato había renunciado al honoris causa que la universidad acababa de otorgarle, en rechazo a lo ocurrido.

En un comunicado conjunto, trabajadoras de la UNRN, legisladoras, concejalas e integrantes de la Red Interinstitucional de Género y Diversidad de Viedma calificaron el gesto de Vivas como “obsceno” y lo definieron como “un acto político de desvalorización de los saberes y la palabra de la mujer que estaba enfrente, en este caso, ni más ni menos, que Rita Segato”.

Entre las voces que rompieron el silencio se destacó la de Adriana Epulef, secretaria general del sindicato de trabajadores no docentes, quien aseguró haber sido víctima de violencia simbólica y maltrato sistemático por parte del exfuncionario durante los últimos dos años. “Este hecho permitió romper un silencio muy largo. Por primera vez, la comunidad universitaria se anima a denunciar”, expresó. Y añadió con crudeza: “Fuimos la primera universidad pública del país en tener un protocolo de género, en 2017, pero de nada sirve si no se aplica”.

El episodio, nacido de un bostezo, se transformó en un espejo que devolvió una imagen incómoda para la institución: la de un poder que se resiste a los cambios que el propio discurso académico dice acompañar. Lo que empezó como una ceremonia de reconocimiento terminó siendo un acto de visibilización. Y lo que parecía un gesto de desdén individual terminó exponiendo un reclamo colectivo que pedía, desde hace tiempo, ser escuchado.

Autor: evarela