Largas filas en las heladerías de Viedma: una noche para darse todos los gustos
Una noche con mucho sabor.
La ciudad se entregó sin pudores a la tentación más irresistible que existe: el helado. La “Noche de las Heladerías”, ese ritual que ya es tradición en tantas ciudades del país, encontró a la capital rionegrina con el pulso acelerado y las cucharitas listas.
Apenas pasadas las 19, cuando la tarde empezaba a guardarse detrás del río, las heladerías viedmenses alteraron la geografía habitual. Donde antes había veredas tranquilas y charlas bajitas, aparecieron filas larguísimas, serpentinas humanas que parecían celebrar un festejo que no necesitaba explicación. Familias enteras, adolescentes en estampida, parejas con mirada cómplice y un puñado de fanáticos que no perdonan una promo: todos se acomodaron en la procesión helada.
Las promociones —dos kilos al precio de uno— fueron un flechazo certero. Hasta los que suelen pasar de largo, los que dicen “no, gracias, estoy bien”, se entregaron a la corriente irresistible de chocolate amargo, tramontana, maracuyá, sambayón o lo que pintara. En 25 de Mayo, los locales desbordaban hacia la calle; en Buenos Aires, la fila avanzaba con ritmo de murga; y en la Costanera, el aroma dulce parecía mezclarse con el aire del río, como si el Negro también participara de la fiesta.
Fue, en esencia, una noche simple y luminosa: gente apenas abrigada sosteniendo vasitos que chorreaban un poco, risas que se escapaban entre cucharadas, el murmullo colectivo de quienes disfrutan lo pequeño con espíritu de celebración. Una postal que recuerda algo fácil de olvidar: a veces la felicidad viene en potes de un kilo… y esta noche, por suerte, vino por dos.

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